Icono de la Transfiguración

Texto bíblico

Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Mateo 17, 1-3

Explicación del icono

Cristo aparece a los apóstoles en el esplendor de su gloria, simbolizada por el candor de sus vestidos, para que no se escandalicen de su pasión ya cercana y comprendan que ésta es voluntaria. El icono representa el momento en que Cristo se muestra a los apóstoles como una de las personas de la Trinidad y esta aparición constituye una teofanía trinitaria, con la voz del Padre y el Espíritu Santo en la nube luminosa.

Jesús muestra en sí la naturaleza humana revestida de la belleza original. San Gregorio Nacianceno (+390) y San Juan Damasceno (+749) en homilías sobre la Transfiguración expresan la tradición unánime: «la luz revelada a los apóstoles era manifestación del esplendor divino, gloria intemporal e increada».

Podemos observar tres tríadas: 1) Moisés, Elías y Jesús con su cuerpo humano; 2) Jesús el Hijo amado, el Padre Eterno y la nube luminosa (Espíritu Santo): la Santa Trinidad; 3) Pedro, Juan y Santiago.

Jesús es el eje de todos ellos, pues está presente: a los discípulos por su cuerpo, a los profetas por su espíritu, y a Dios por su Ser, y aparece como el eje y el centro de los tres planos e inicia una circulación entre las tres tríadas.

Cristo está en el centro de círculos concéntricos -llamados mandorla que significan la totalidad de las esferas del universo creado. Según la tradición, las tres esferas contienen todos los misterios de la creación divina. La luz que emanó en el Monte Tabor es la misma que se manifestará en la gloria de su segunda venida, la parusía, el establecimiento definitivo del Reino de Dios. Por eso prepara a sus discípulos para la importancia de ese acontecimiento.

Elías y Moisés son los profetas que anuncian la venida del Mesías y ya la han visto de antemano. Cristo en centro de los círculos concéntricos que representan las esferas del universo creado, habla con ellos de su pasión gloriosa. La voz del Padre revela la verdad divina y turba a los apóstoles todavía terrenales. Los mantos tienen formas agudas porque la Palabra de Dios que ellos proclaman «es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón» (Hb 4, 12).

Hay un contraste entre planos: por un lado, la paz que circunda a Cristo, Moisés y Elías y el movimiento de los apóstoles en la parte inferior, que caen de la escarpada cima del monte. Pedro, a la derecha, está arrodillado; Juan, al centro, cae dándole la espalda a la luz; Santiago, a la izquierda, huye y cae hacia atrás. El contraste buscado es asombroso, opone al Cristo inmovilizado en la paz trascendente que emana de él, baña las figuras inclinadas de Moisés y Elías en la forma de un círculo perfecto, símbolo de la eternidad. Y abajo el dinamismo de los apóstoles, que se mueven, totalmente terrenales todavía ante la revelación que los sobrecoge y los transforma.

Los apóstoles Pedro, Juan y Santiago son los elegidos durante su vida, como testigos oculares de la gloria del Señor, y Pedro da testimonio en su segunda epístola (1, 16-18): «Pues no nos fundábamos en fábulas fantasiosas cuando os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, sino en que habíamos sido testigos oculares de su grandeza. Porque él recibió de Dios Padre honor y gloria cuando desde la sublime gloria se le transmitió aquella voz: “Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido”. Y esta misma voz, transmitida desde el cielo, es la que nosotros oímos estando con él en la montaña sagrada».

Pedro como no entiende, quiere confusamente retener el instante glorioso y conservar su aspecto excepcional. Entonces habla de levantar tiendas: para encerrar y guardar y esto puede engendrar la muerte, el Cristo no le replicó nada, la respuesta viene de la nube, entonces Pedro se sorprende, está sobrecogido en su gesto apurado e irrisorio. En cambio Santiago trata de comprender lo que ve y oye, acoge el suceso, está disponible. Juan es el que parece manifestar la mayor comprensión el Misterio. Generalmente está prosternado, la cara contra el suelo, sumergido en una visión interior. Juan sabe que la Luz es esencial para la visión de un paisaje. En su Evangelio repite es «la Verdadera Luz» que viene a hacerse ver en nuestro mundo de tinieblas, tenebroso a causa de la muerte y que nos hace ver los paisajes del mundo nuevo que está naciendo. La Luz del Verbo da significación y color a todas las cosas.

Moisés, quien durante cuarenta días y cuarenta noches permaneció en el Sinaí llevado por la nube y tuvo la visión de la zarza ardiente y la revelación del Nombre Divino, está de pie llevando las tablas de la Ley escritas por el dedo de Dios. En el icono aparece vestido con un manto azulado, que representa la vida celestial, el desapego de las cosas de la tierra. Es una túnica aérea, se extiende desde la cabeza a los pies, es decir que la Ley no quiere una virtud truncada, es el vestido de la transformación completa que acontece en aquellos que Dios llama “sus amigos”. La cima en la que Moisés está de pie es un recuerdo de su elevación sobre el Monte Sinaí.

Elías llegó al Monte Carmelo después de una marcha y un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches. Allí encontró a Dios en la voz de una brisa suave. El hombre colérico, el hombre resuelto a quien Dios doblegó y a quien infundió el don de la misericordia, el poder sobre los elementos, el poder de resucitar al hijo de la viuda; es con Moisés y Juan Bautista, uno de los grandes testigos de Dios. Es también el modelo de la vida ascética y de la oración eficaz.

«Elías fue llevado por un carro de fuego,
el Cristo fue elevado entre las nubes y las potencias.
Elías envió desde el Cielo su piel de cordero a Eliseo,
el Cristo envió a sus apóstoles el Espíritu Santo, el Defensor,
el Paráclito que nosotros los bautizados hemos recibido todos,
por el cuál somos santificados.”

Romano el Meloda, Himno VII (siglo VI)

Cristo rodeado por los tres apóstoles, testigos de la humanidad viviente, por Moisés testigo de la morada de los muertos, los infiernos; y Elías, testigo de los cielos donde subió, Cristo brilla con una luz que nada debe a la luz cósmica. El manifiesta la luz increada que reviste a Cristo, a los santos; es la verdadera luz, que ya iluminaba el Paraíso.

La luz del siglo venidero que apareció anticipadamente en el Sinaí y se manifestó plenamente en el Monte Tabor, es el objeto de la búsqueda de los cristianos. Se puede decir que el icono de la transfiguración de Jesucristo es el de la condescendencia y de la misericordia divinas: Cristo durante su vida terrestre veló su esplendor para que nosotros pudiéramos soportar verlo.

El rollo que sostiene en su mano izquierda es el de las Escrituras que él está cumpliendo. Él sostendrá el libro de la vida cuando todo esté terminado. Con su mano derecha nos bendice.

La representación de la transfiguración es un icono del pasado, del presente y del porvenir de la humanidad y de cada hombre. Ofrece a nuestra mirada una realidad, una afirmación. Lo que fue anunciado en el Antiguo Testamento, el Cristo lo muestra, como anticipación cierta de lo que será y de aquella en la que podremos participar.

En este sentido, se puede decir que la transfiguración no es solo del Señor, sino también de los apóstoles que por un momento pasaron de la carne al Espíritu. Recibieron la gracia de ver la humanidad de Cristo como un cuerpo de luz, para contemplar su gloria escondida bajo la kénosis.

La transfiguración anuncia lo que le espera a todos los cristianos a través de la obra del Espíritu Santo.

Oración